22 marzo 2010

Capitulo I parte II



Algo me llama la atención. Una dulce melodía suena, suave y melódica, conozco esa melodía. Es una canción de Beethoven tocada a piano, una de mis favoritas.

Algo me empuja a ir hacia la música, para escucharla más fuerte, para ver de donde proviene tan maravillosa sinfonía.
Mi caminar es inseguro, pero ágil. No siento el suelo frío bajo mis pies, y aunque no hay sol, la temperatura te permite salir en tirantes. Aunque, ¿hay temperatura en este sitio? ¿Los muertos sentimos frío o calor? Cuánto debo aprender.
Guiada por el sonido de la música, me adentro en aquel montón de calles.
Parece un cuento, un cuento de fantasía.
La música cada vez suena más fuerte.
Me detengo en frente de una casa. Como todas las demás, es una casa de color blanco, pequeña, como las casitas de muñecas con las que jugaba cuando era pequeña.
Todo es tan limpio, tan puro, tan perfecto…
La música proviene del interior de esa casa.
Busco una ventana y al encontrarla, me asomo para ver el interior.
Un gran piano plateado ocupa el centro de la estancia y sentado en él, el ser más perfecto que he visto y veré jamás. Un ángel caído del cielo, literalmente.
Su cuerpo al igual que el mío, es de un color translúcido plateado y azul.
También viste una túnica blanca.
Su rostro es el más hermoso que he visto jamás. No se asemeja a cualquier otro.
Su pelo rubio como el sol, brilla deslumbrante. Lo lleva corto, y su flequillo, hacia al lado.
Sus ojos son también como los míos, color plateado, pero sus labios se acercan más al rosado.
Puedo ver como mueve los dedos por encima de las teclas, rápidamente, sin perder la concentración.
Ni el vuelo de una mosca puede perturbar el encanto que le envuelve.
Pero yo tengo noventa y ocho años, aunque físicamente no lo parezca, y él adivino que unos dieciocho.
No sé cuanto tiempo pasa, solo sé que cuando me doy cuenta, la negra noche cubre el cielo.
¿A dónde voy? ¿Qué se supone que debo hacer?
En ese momento, alguien toca mi espalda, suavemente.
Me giro torpemente para ver el rostro del desconocido.
Antes de que me acabe de girar, el desconocido dice:
-¿Quién eres?
Su rostro es hermosamente aterrador. Solo de verlo, una sensación extraña se adentra por mi cuerpo, como una rápida quemazón.
Su pelo negro como el azabache le cae sobre los hombros, su cuerpo es igual que el mío, solo con una excepción. Los ojos. Sus ojos relucen violeta oscuro. Esta combinación provoca mi pánico.
-Catherine MacGray.- respondo, intentando recobrar la palabra.
El hombre desconocido saca del bolsillo de su túnica blanca, un largo pergamino, y lo revisa de arriba abajo.
Asiente para si mismo y vuelve a fijar su penetrante mirada en mí.
-Sígueme.- masculla, con una sobria sonrisa de suficiencia en la voz.
Yo, sin saber que hacer, y perdida como estoy, le sigo.
Empezamos a caminar rápidamente, sin parar.
Observo como las casas, blancas, se han cubierto de gris, gracias a la negror de la noche.
Nos adentramos de pleno en el pueblo, lo travesamos todo y al fin, llegamos a la otra punta.
Delante de nosotros se abre una gran plaza de piedra, sin rastro de vegetación, solo un edificio más oscuro, al cual nos dirigimos. Tengo miedo a pronunciar palabra alguna, ya que aún no me siento demasiado fuerte como para lo que pueda pasarme si digo algo.
Con cada paso que damos, mi cuerpo siente más calor. Ahora ya tengo la respuesta a una de las muchas dudas que azotan mi cabeza. En este lugar si que hay temperatura.
Me siento fatigada y cansada.
Llegamos delante de la puerta del edificio, ya más cerca, puedo distinguir que las paredes son moradas, y la puerta negra, a hierro blindado.
Mi acompañante abre la puerta, sin ninguna dificultad. Mis ojos se abren como platos al contemplar el espectáculo que proviene del interior.

21 marzo 2010

Capitulo I



Me encuentro en un estado intermedio entre el miedo y la confusión. Mis ojos se están acostumbrando a la cegadora luz que parce provenir del cielo. Que ironía, ya estoy en el cielo. Me siento como si estuviera flotando en el agua, no me pesan los huesos y mi corazón… ¡Oh! No hay corazón. Agudizo el oído al máximo pero lo único que oigo es una remor extraña, desconocida. Pero no se oyen mis latidos. Continúo estirada, y acerco mi mano lentamente hasta posarla cuidadosamente sobre mi pecho. Que curioso, la mano no me pesa, casi no la noto. Con mucha cautela levanto la cabeza y me miro de arriba abajo. Un grito ahogado sale de mi boca, casi inaudible. ¿La razón? Lo que habían sido mis extremidades, ahora son dos flácidos brazos translúcidos, de un tono entre grisáceo y azul claro. Son como los tentáculos de una medusa, sin embargo, la forma de mis manos, dedos y uñas se mantiene intacta. Me miro el resto del cuerpo que imagino que es igual que mis brazos y pies aunque es más difícil de apreciar, porque lo cubre una túnica blanca .Mi cara, necesito ver m cara. Entonces es cuando me doy cuenta de que estoy estirada encima de una cama, pero una cama que refleja mi rostro, como un espejo. Esto me sorprende más que todo lo demás. Las arrugas de mi frente han desaparecido, como las de mis mejillas, y mis cabellos blancos, han sido substituidos por una larga y lisa melena castaña. Mi rostro demora juventud, vitaleza, ni una pizca de la vejez que me envolvía en la vida. Es todo tan extraño… Mis ojos brillan de un intenso color plateado, y mis labios, se han tintado de rojo.



Me siento joven, como cuando tuve diecisiete años, bueno, ahora me siento aún mejor. No me desagrada mi nuevo aspecto, lo único que hecho de menos, son los latidos de mi corazón.


Miro a mí alrededor. Esto me confunde aún más. Delante de mí se distingue un gran ventanal, desde el cual se pueden ver una treintena de casas, pequeñas casas. El cielo es azul, las casas de paredes y tejados blancos, el suelo es de piedra, pero no se ve ni una flor, ni un árbol, ni una tienda, solo casas.


Por otro lado, la estancia donde me encuentro está recubierta de espejos. Las paredes son espejos, el suelo es un espejo, como el techo y como la cama sobre la que estoy sentada.


Ver mi nuevo cuerpo resulta incómodo, ya que me siento frágil, como si una pequeña ráfaga de viento pudiera tumbarme.


Echo algo en falta. ¡Ah, claro! La gente. ¿Dónde esta todo el mundo? ¿Qué es este lugar en el que me encuentro? ¿Qué va a pasar ahora?


Las dudas llenan mi cabeza.


Lo mejor será salir de aquí e ir a investigar el exterior, pienso. Y es lo que hago, me levanto con mucho cuidado y poso mis pies desnudos sobre el suelo.


¡Uy! Es como si pudiera volar. Mis pies se deslizan por el suelo con una fluidez y agilidad increíble. No necesito hacer un esfuerzo para dar un paso, es como si alguien invisible hiciera el esfuerzo por mi.


Esto me hace reír. Se me ocurre algo, vamos a probar. Con toda la precisión del mundo, agarro impulso sobre mis rodillas y las dejo ir, como un muelle.


¡Fascinante! Lo que en mi vida hubiera sido un pequeño salto de medio segundo, ahora se convierte en un gran salto de casi un minuto, permaneciendo en el aire.


-Esto es increíble- murmullo para mi misma.


Pero vasta ya de juegos, vamos a ver que hay ahí fuera.


Oh oh… ¿Dónde está la puerta? No hay puerta, o al menos no una puerta visible.


Guiada por mi instinto, me acerco a la pared más cercana y la toco con la mano. Mis dedos se hunden en el espejo, traspasándolo cómodamente.


He visto esto en muchas películas, paredes que se pueden traspasar.


Probando otra vez sin seguro alguno, adentro el brazo por la pared, y también lo traspasa. Hago lo mismo con el resto del cuerpo, y al traspasar toda la pared, una sensación extraña, como de frío, recorre mi cuerpo.


Lo primero que hago es mirarme de arriba abajo, por si alguna parte de mi cuerpo se ha quedado en el otro lado. No, estoy entera.


Levanto la cabeza y veo las grandes casas que se veían desde los ventanales de esa estancia. Todo a mí alrededor demora paz, tranquilidad, pureza… Resulta casi perturbador.

19 marzo 2010

Una historia confusa en el cielo.



PREFACIO

La muerte me espera, pasiva, sin ansia. El miedo va incrementando más con cada latido de mi corazón. Ya con noventa y ocho años, yo, Catherine MacGray, yazgo en mi cama, al lado de mi marido, formalmente. Creo que Jeik no entra en la categoría de marido, pero claro, estamos casados así que así es como debe llamarse. Jeik es un hombre odioso. Siempre me ha estado haciendo la vida imposible, y yo, con todos los adjetivos despectivos que quieras echarme, nunca me he divorciado. Por muchas razones, aunque ahora, cuando estoy a punto de morir, no convengo que sea el mejor momento para recordarlas. Bueno, esta es una de las mejores formas de morir, pienso. Es mejor que ahogarse o quemarse, no voy a sufrir. El final se aproxima. Acaba la vida y empieza la muerte. Por extraño que parezca en estas circunstancias, tengo curiosidad. Una pequeñísima parte de mi cerebro se pregunta como será la muerte. Yo siempre me la he imaginado como un sueño, un sueño que no tiene fin, pero aún así, es difícil hacerse una idea, es decir, todo lo que he conocido en la vida, ha tenido fin.
Otro aspecto positivo de mi muerte, es que no tengo hijos, y por lo tanto tampoco nietos. Eso es una ventaja porque ahora, no tendrán que llorar por mí, y yo no tendré que llorar por ellos. Porque no existen. Por supuesto que me hubiera gustado tener hijos, y nietos, pero no con Jeik. Y toda mi vida he sido su esclava, y los esclavos no tienen libertad.
Poco a poco mis ojos se van cerrando, mis huesos van decayendo y mi corazón, prolonga sus últimos latidos.
La muerte, Oh, dulce muerte, que nos quitas la vida y nos das la libertad, llévame contigo, al reino de la eternidad. Y mis ojos, se acaban de cerrar, y mi corazón, se acaba de parar.

18 marzo 2010

Amargas reflexiones

Los amores adolescentes se marchitan como las flores en hinvierno. Se pueden gustar, incluso querer, pero no amar. Pocas personas de mi edad ven a su novio como su futuro marido. carpe diem, es su lema y su método a seguir. És mas, no creo ni que piensen en el futuro,solo viven el momento.
No es que yo sepa mucho sobre la sociedad adolescente, ni que pueda leer la mente- cosa que sería horriblemente incómoda, aunque tentadora- lo sé porque yo misma soy adolescente y todos los adolescentes pensamos igual, según dicen. Primer error. Yo no. No pienso igual. Yo solo quiero tener un único amor, con eso me basta y me sobra. Pero entonces el termino amor adolescente no es el correcto, porque no és amor, o almenos no es el amor que yo conozco.
Sin intención, he hecho una regla, y toda regla tiene su excepción. Adivina adivinanza, quién es la excepción?

15 marzo 2010

El último recuerdo: El sueño de los Darkmoon

Aquí dejo el primer capitulo de la primer historia corta que escribí. Si alguien quiere continuar leyéndola, solo tiene que darme un toque ;)
¡Disfrutad!

                                                         CAPÍTULO I
El asesino ya no estaba. Probablemente hubiera ido a deshacerse de las pruebas, un arma blanca. Un cuchillo plateado con el mango negro.
El chico de unos diecisiete años, rubio y ojos azules. El chico perfecto, para muchas.
La sangre rodeaba todo el cuerpo, que de pronto se encorvó de tal forma que pareció que iba a explotarle el pecho, Un segundo después. Nada. El chico volvía a estar inmóvil sobre la fría piedra. Un crimen simple, pero seguro. Sin pruebas que delatasen al culpable, el crimen perfecto, para muchos, otra vez.

-Oh!- los escalofríos recorrían todo mi cuerpo, desde la punta de los pies, asta los pelos de mi cabeza. El corazón latía desenfrenadamente y no paraba de jadear.
El peor de la semana, pensé. Nunca me acababa de acostumbrar a mi don o dicho de otra forma, mi maldición. El despertador empezó a sonar en ese instante y tuve que respirar hondo tres veces antes de apagarlo de un golpe.
-Maldito cacharro.-murmuré. No estaba de muy buen humor por las mañanas.
Y no era de extrañar, teniendo esos sueños oscuros y macabros.
Salté de la cama y fui hacia el baño. Me miré en el espejo y me asusté de mi misma. Cada día estaba peor. Llevaba el pelo como una leonera y mis ojos verdes estaban cubiertos por unas grandes ojeras. El día que empezó todo esto no pensé que el don me acabara matando tanto físicamente como psicológicamente. Literalmente, parecía un cadáver, como los de mis sueños, solo que yo aún no estaba muerta. Por el momento.
La muerte me acechaba cada día más y sentía como se iba apoderando de mi cuerpo y de mi alma. Eran duros latigazos de acero, quemaban como el fuego y helaban como el hielo. Los días eran como semanas, y cada minuto que pasaba, me iba haciendo más débil. ¿Cuándo se iba a acabar esto? No sabía la respuesta y eso me aterrorizaba.
Con un suspiro aparté la vista del espejo, pues no quería ver el monstruo que llevaba dentro. Fuí a vestirme  con lo primero que encontré y me dirigí a la cocina, arrastrando los pies como un zombi. Me dolía  mucho la cabeza, como cada día, por eso la aspirina era mi mejor amiga.
Me preparé el desayuno como pude, ya que no había mucho en la nevera. Esto de la independencia era muy duro.
Apoyé la cabeza sobre las manos y dejé que andara por si sola por los caminos de mis retorcidos pensamientos, ya que era la mejor forma de evadirme.
El sueño de aquella noche, aparte de ser el peor de la semana tenía algo diferente pero no sabía el qué.

Desayuné a duras penas ya que tenía un nudo en el estomago.
Cojí el abrigo y salí de casa. La mañana era fría, y el sol estaba escondido entre las nubes.  Decidí pasar primero por la tienda  de libros donde trabajaba para informarles que me tomaría la mañana libre. Tenía suerte en eso porque la gente se alegraba de que no estuviera cerca de ellos ya que  les enviaba flujos negativos. Estaba totalmente sola.
No tenía amigos. En un pasado los tuve, si, pero desde el día que empezó  mi cadaverización,- así es como llamo yo al día que empezó la maldición,- la gente empezó a darse cuenta de que yo no era buena para nadie, era una especie de mal augurio.
Crucé la cera y entonces vi que Happen’s shop estaba cerrado. Que raro. Hoy no era fiesta, y si Dorothy se hubiera puesto mala me abría llamado.
Aceleré el ritmo y al llegar a la puerta me asomé por el cristal del mostrador.
Nada, todo oscuro. Cojí las llaves de mi bolsillo y abrí la puerta.
-¿Hola?- no hubo contestación.
-¿Dorothy, estás ahí?- esta vez hablé mas alto pero nadie contestó.
Caminé sigilosamente asta la luz y la encendí. Bajé al sótano para comprobar que todo estaba en orden y entonces la vi.
Apuñalada tres veces, en el pecho, en la cabeza y en la palma de la mano, en forma de media luna. Aún podía oír el golpeteo de la sangre cayendo al suelo, gota tras gota, lo que significaba que no hacia mucho que había muerto.
Pelo rubio, ojos azules… La chica perfecta.
¡Dios mío!- el pecho me dio un golpe tan fuerte que caí al suelo boca arriba. Después fue el cerebro el que me abrasó como si me hubieran clavado un hierro en llamas. Y por último, el dolor se instaló en la palma de la mano izquierda.
No podía moverme. Ni hablar. Ni pensar. Me quería morir aunque sabía que eso no sucedería aún. Con los ojos abiertos, vi como el cuerpo de Dorothy se encorvaba de tal forma que seguramente, le rompió la columna. Al instante siguiente, todo  se acabó. El cuerpo en el suelo junto a mí, y el dolor se desvaneció, aunque quedaron algunos restos, pero estos no se irían asta el fin de mis días.
Al cabo de unos minutos tuve la fuerza suficiente para levantarme del suelo.
Tenía todos los huesos doloridos y se me hacia difícil respirar.
Quería irme de aquel lugar, no ver más la cara de esa mujer y hacer como si nada hubiera pasado, pues era demasiado cobarde.
Fue entonces cuando tuve la extraña sensación de que a partir de ahí  los hechos se volverían mas graves.