¡Hola! Mis querid@s lector@s , si, soy yo otra vez, Mery. Siento interrumpir vuestra lectura de mi novela, pero debo comunicaros algo muy importante. Mi queridisima Stephanie Meyer - mejor escritora del mundo mundial y autora de libros tan fantásticos como la saga Crepúsculo- ha publicado en su web, que va a sacar otro libro. ¿No es maravilloso? ¿Increíble? ¿Extraordinario? Si. Bien, el libro se titula ''La corta segunda vida de Bree Tanner''. Es un relato sobre la vida como neófita de Bree, un personaje de Eclipse, que se estrena el 3O de junio, dias antes de la venda del libro. Es una historia paralela a Crepúsculo. Las ganancias del libro serán donadas la la cruz roja americana y a Haití y Chile, donde más lo necesitan.
Personalmente estoy deseosa de leerlo, pero mientras saciaré mi sed literaria con ''cazadores de sombras'', que me espera quietecito y nuevo en la mesita de noche. Asi que dejaré el teclado, apagaré el ordenador, me lavaré los dientes, me pondré el pijama e iré a perderme en Nueva York, entre demonios, vampiros , hadas y otras criaturas.
Y tranquilos, que muy pronto- mañana- volveré aqui para traeros más sobre ''Una historia confusa en el cielo''.
Buenas noches, Good night, que soñeis con un sádico vampiro que os muerda.
Mery.
No sé como describir este lugar… ¿Mágico? No, irreal quizás esté mejor.
Es un lugar terrorífico. Es como el infierno que se imaginan los niños, lleno de fuego y criaturas rojas. Pero no tienen tridentes, ni orejas puntiagudas, ni cola trasera. Solo son como yo, pero con la piel roja.
El hombre desconocido, me conduce hacia una puerta negra, la traspasamos, y aterrorizada, observo como entramos en un pasadizo de celdas. Una cárcel. Que frustrante. Hasta en el cielo hay cárcel.
A mí alrededor oigo voces que suplican libertad, jadeando y gritando. Resulta horripilante, ver sufrir a toda esta gente. Esto no es el cielo, es el infierno.
Llegamos al final del pasillo, y el hombre me hace entrar en la única celda bacía que hay. Temblando de pies a cabeza, me escabullo dentro y me acurruco contra la pared más alejada de la reja, que ahora el hombre acaba de cerrar.
Cada vez me siento menos fuerte, es como si este lugar abduciera la fuerza de mi cuerpo.
Dejo vagar mi mente por el pasado, y el primer recuerdo que aparece, rápido como una ráfaga de viento, es el de ese hermoso chico, tocando el piano. Una belleza jamás vista para mí.
Me imagino con él, sentada a su lado, con mi nuevo cuerpo, disfrutando de la dulce melodía que tocan sus largos y finos dedos. Esta imagen me alivia mucho, hasta llegar a la conclusión, de que prefiero vivir en la imaginación, antes que en la realidad.
-Hola.- desconecto de la ficción y vuelvo a la realidad, al oír esa voz, procedente de la celda contigua a la mía.
-¿Cómo te llamas?- vuelve a mascullar esa voz, de mujer.
-Eh…Catherine MacGray.- susurro, a la par que me giro para ver el rostro de la mujer que me acaba de preguntar.
-Yo soy Mayorett, puedes llamarme May.
La chica es joven, más que yo, con el mismo color de piel que el mío y con una melena rubia, ondulada. Sus labios rojo carmesí, brillan ante la tenue luz que proviene de las lámparas de aceite que hay colgadas en la pared de piedra.
-¿Qué es esto May? ¿Dónde estamos?- le pregunto. Un raro instinto me dice que Mayorett es buena compañía, por el momento.
-No sé mucho más que lo que tu puedes intuir. Es el infierno, estamos en una cárcel.
-¿Y tú porque estás aquí?- vuelvo a preguntar.
-No lo sé, no he hecho nada malo. Verás, yo estaba con mi novio, saliendo de una discoteca, y unos chicos con malas pintas, nos quisieron atracar, pero mi novio se negó, entonces uno sacó una navaja de su chaqueta de cuero, y nos amenazó de muerte. Mi novio le propinó una patada en el estómago a uno de ellos, entonces el del cuchillo, saltó y se lo clavo a mi novio, en el pecho. Yo, asustada como estaba, empecé a correr, tan rápido como mis piernas me dejaron, y tan ofuscada como estaba, mirando hacia atrás para ver si me alcanzaban esos tíos, no vi el coche que se me cruzó por delante. No sentí dolor, solo como el corazón, latía por última vez. Después me encontré en una sala llena de espejos, con mi aspecto nuevo, y al salir a investigar, el hombre que te ha traído hasta aquí también me trajo a mí. Le he dado el nombre de cazador.
Quedo boquiabierta unos segundos, y cuando al fin puedo hablar, pregunto.
-¿Y cuánto hace que estas aquí?
-No sé como funciona el tiempo aquí, pero en la vida, unos tres días creo.- me responde, con aire pensativo.
-¿Y a ti que te pasó?- me pregunta, curiosa.
- Morí de vejez, en mi cama, junto a Jeik, mi odioso marido. Y lo que continúa, igual que a ti.- le respondo, desanimada.
-Parece que estamos condenadas, condenadas al infierno.- susurra Mayorett.
-Pero, ¿por qué? No creo que haya hecho algo tan malo como para que me condenen para toda la eternidad en el infierno.- interpelo, decaída.
- Ya…la vida es injusta, y parece que la muerte también- masculla May. -No me imagino que les pasará a los asesinos, o a los ladrones.
Nos quedamos las dos en silencio unos minutos, en los que recuerdo mi vida de mortal, sirviendo a Jeik. Más para atrás, recuerdo mi niñez, a mi madre peinándome y haciéndome dos largas trenzas, y a mi padre, ayudándome con los deberes de matemáticas. Una lágrima salta de mi ojo, y baja por mi mejilla, hasta desvanecerse. Un dolor muy fuerte impregna mi pecho, ya vacío, sin corazón. Pero, si no tengo corazón, ¿cómo puedo sentir dolor? ¿Cómo puedo sentir algo?
La duda se queda en el aire, sin respuesta.
Algo me llama la atención. Una dulce melodía suena, suave y melódica, conozco esa melodía. Es una canción de Beethoven tocada a piano, una de mis favoritas.
Algo me empuja a ir hacia la música, para escucharla más fuerte, para ver de donde proviene tan maravillosa sinfonía.
Mi caminar es inseguro, pero ágil. No siento el suelo frío bajo mis pies, y aunque no hay sol, la temperatura te permite salir en tirantes. Aunque, ¿hay temperatura en este sitio? ¿Los muertos sentimos frío o calor? Cuánto debo aprender.
Guiada por el sonido de la música, me adentro en aquel montón de calles.
Parece un cuento, un cuento de fantasía.
La música cada vez suena más fuerte.
Me detengo en frente de una casa. Como todas las demás, es una casa de color blanco, pequeña, como las casitas de muñecas con las que jugaba cuando era pequeña.
Todo es tan limpio, tan puro, tan perfecto…
La música proviene del interior de esa casa.
Busco una ventana y al encontrarla, me asomo para ver el interior.
Un gran piano plateado ocupa el centro de la estancia y sentado en él, el ser más perfecto que he visto y veré jamás. Un ángel caído del cielo, literalmente.
Su cuerpo al igual que el mío, es de un color translúcido plateado y azul.
También viste una túnica blanca.
Su rostro es el más hermoso que he visto jamás. No se asemeja a cualquier otro.
Su pelo rubio como el sol, brilla deslumbrante. Lo lleva corto, y su flequillo, hacia al lado.
Sus ojos son también como los míos, color plateado, pero sus labios se acercan más al rosado.
Puedo ver como mueve los dedos por encima de las teclas, rápidamente, sin perder la concentración.
Ni el vuelo de una mosca puede perturbar el encanto que le envuelve.
Pero yo tengo noventa y ocho años, aunque físicamente no lo parezca, y él adivino que unos dieciocho.
No sé cuanto tiempo pasa, solo sé que cuando me doy cuenta, la negra noche cubre el cielo.
¿A dónde voy? ¿Qué se supone que debo hacer?
En ese momento, alguien toca mi espalda, suavemente.
Me giro torpemente para ver el rostro del desconocido.
Antes de que me acabe de girar, el desconocido dice:
-¿Quién eres?
Su rostro es hermosamente aterrador. Solo de verlo, una sensación extraña se adentra por mi cuerpo, como una rápida quemazón.
Su pelo negro como el azabache le cae sobre los hombros, su cuerpo es igual que el mío, solo con una excepción. Los ojos. Sus ojos relucen violeta oscuro. Esta combinación provoca mi pánico.
-Catherine MacGray.- respondo, intentando recobrar la palabra.
El hombre desconocido saca del bolsillo de su túnica blanca, un largo pergamino, y lo revisa de arriba abajo.
Asiente para si mismo y vuelve a fijar su penetrante mirada en mí.
-Sígueme.- masculla, con una sobria sonrisa de suficiencia en la voz.
Yo, sin saber que hacer, y perdida como estoy, le sigo.
Empezamos a caminar rápidamente, sin parar.
Observo como las casas, blancas, se han cubierto de gris, gracias a la negror de la noche.
Nos adentramos de pleno en el pueblo, lo travesamos todo y al fin, llegamos a la otra punta.
Delante de nosotros se abre una gran plaza de piedra, sin rastro de vegetación, solo un edificio más oscuro, al cual nos dirigimos. Tengo miedo a pronunciar palabra alguna, ya que aún no me siento demasiado fuerte como para lo que pueda pasarme si digo algo.
Con cada paso que damos, mi cuerpo siente más calor. Ahora ya tengo la respuesta a una de las muchas dudas que azotan mi cabeza. En este lugar si que hay temperatura.
Me siento fatigada y cansada.
Llegamos delante de la puerta del edificio, ya más cerca, puedo distinguir que las paredes son moradas, y la puerta negra, a hierro blindado.
Mi acompañante abre la puerta, sin ninguna dificultad. Mis ojos se abren como platos al contemplar el espectáculo que proviene del interior.

Me encuentro en un estado intermedio entre el miedo y la confusión. Mis ojos se están acostumbrando a la cegadora luz que parce provenir del cielo. Que ironía, ya estoy en el cielo. Me siento como si estuviera flotando en el agua, no me pesan los huesos y mi corazón… ¡Oh! No hay corazón. Agudizo el oído al máximo pero lo único que oigo es una remor extraña, desconocida. Pero no se oyen mis latidos. Continúo estirada, y acerco mi mano lentamente hasta posarla cuidadosamente sobre mi pecho. Que curioso, la mano no me pesa, casi no la noto. Con mucha cautela levanto la cabeza y me miro de arriba abajo. Un grito ahogado sale de mi boca, casi inaudible. ¿La razón? Lo que habían sido mis extremidades, ahora son dos flácidos brazos translúcidos, de un tono entre grisáceo y azul claro. Son como los tentáculos de una medusa, sin embargo, la forma de mis manos, dedos y uñas se mantiene intacta. Me miro el resto del cuerpo que imagino que es igual que mis brazos y pies aunque es más difícil de apreciar, porque lo cubre una túnica blanca .Mi cara, necesito ver m cara. Entonces es cuando me doy cuenta de que estoy estirada encima de una cama, pero una cama que refleja mi rostro, como un espejo. Esto me sorprende más que todo lo demás. Las arrugas de mi frente han desaparecido, como las de mis mejillas, y mis cabellos blancos, han sido substituidos por una larga y lisa melena castaña. Mi rostro demora juventud, vitaleza, ni una pizca de la vejez que me envolvía en la vida. Es todo tan extraño… Mis ojos brillan de un intenso color plateado, y mis labios, se han tintado de rojo.
Me siento joven, como cuando tuve diecisiete años, bueno, ahora me siento aún mejor. No me desagrada mi nuevo aspecto, lo único que hecho de menos, son los latidos de mi corazón.
Miro a mí alrededor. Esto me confunde aún más. Delante de mí se distingue un gran ventanal, desde el cual se pueden ver una treintena de casas, pequeñas casas. El cielo es azul, las casas de paredes y tejados blancos, el suelo es de piedra, pero no se ve ni una flor, ni un árbol, ni una tienda, solo casas.
Por otro lado, la estancia donde me encuentro está recubierta de espejos. Las paredes son espejos, el suelo es un espejo, como el techo y como la cama sobre la que estoy sentada.
Ver mi nuevo cuerpo resulta incómodo, ya que me siento frágil, como si una pequeña ráfaga de viento pudiera tumbarme.
Echo algo en falta. ¡Ah, claro! La gente. ¿Dónde esta todo el mundo? ¿Qué es este lugar en el que me encuentro? ¿Qué va a pasar ahora?
Las dudas llenan mi cabeza.
Lo mejor será salir de aquí e ir a investigar el exterior, pienso. Y es lo que hago, me levanto con mucho cuidado y poso mis pies desnudos sobre el suelo.
¡Uy! Es como si pudiera volar. Mis pies se deslizan por el suelo con una fluidez y agilidad increíble. No necesito hacer un esfuerzo para dar un paso, es como si alguien invisible hiciera el esfuerzo por mi.
Esto me hace reír. Se me ocurre algo, vamos a probar. Con toda la precisión del mundo, agarro impulso sobre mis rodillas y las dejo ir, como un muelle.
¡Fascinante! Lo que en mi vida hubiera sido un pequeño salto de medio segundo, ahora se convierte en un gran salto de casi un minuto, permaneciendo en el aire.
-Esto es increíble- murmullo para mi misma.
Pero vasta ya de juegos, vamos a ver que hay ahí fuera.
Oh oh… ¿Dónde está la puerta? No hay puerta, o al menos no una puerta visible.
Guiada por mi instinto, me acerco a la pared más cercana y la toco con la mano. Mis dedos se hunden en el espejo, traspasándolo cómodamente.
He visto esto en muchas películas, paredes que se pueden traspasar.
Probando otra vez sin seguro alguno, adentro el brazo por la pared, y también lo traspasa. Hago lo mismo con el resto del cuerpo, y al traspasar toda la pared, una sensación extraña, como de frío, recorre mi cuerpo.
Lo primero que hago es mirarme de arriba abajo, por si alguna parte de mi cuerpo se ha quedado en el otro lado. No, estoy entera.
Levanto la cabeza y veo las grandes casas que se veían desde los ventanales de esa estancia. Todo a mí alrededor demora paz, tranquilidad, pureza… Resulta casi perturbador.
PREFACIO
La muerte me espera, pasiva, sin ansia. El miedo va incrementando más con cada latido de mi corazón. Ya con noventa y ocho años, yo, Catherine MacGray, yazgo en mi cama, al lado de mi marido, formalmente. Creo que Jeik no entra en la categoría de marido, pero claro, estamos casados así que así es como debe llamarse. Jeik es un hombre odioso. Siempre me ha estado haciendo la vida imposible, y yo, con todos los adjetivos despectivos que quieras echarme, nunca me he divorciado. Por muchas razones, aunque ahora, cuando estoy a punto de morir, no convengo que sea el mejor momento para recordarlas. Bueno, esta es una de las mejores formas de morir, pienso. Es mejor que ahogarse o quemarse, no voy a sufrir. El final se aproxima. Acaba la vida y empieza la muerte. Por extraño que parezca en estas circunstancias, tengo curiosidad. Una pequeñísima parte de mi cerebro se pregunta como será la muerte. Yo siempre me la he imaginado como un sueño, un sueño que no tiene fin, pero aún así, es difícil hacerse una idea, es decir, todo lo que he conocido en la vida, ha tenido fin.
Otro aspecto positivo de mi muerte, es que no tengo hijos, y por lo tanto tampoco nietos. Eso es una ventaja porque ahora, no tendrán que llorar por mí, y yo no tendré que llorar por ellos. Porque no existen. Por supuesto que me hubiera gustado tener hijos, y nietos, pero no con Jeik. Y toda mi vida he sido su esclava, y los esclavos no tienen libertad.
Poco a poco mis ojos se van cerrando, mis huesos van decayendo y mi corazón, prolonga sus últimos latidos.
La muerte, Oh, dulce muerte, que nos quitas la vida y nos das la libertad, llévame contigo, al reino de la eternidad. Y mis ojos, se acaban de cerrar, y mi corazón, se acaba de parar.