23 julio 2010

Amor de verano




Paseaba por entre los árboles con las hojas caídas. El viento soplaba fuerte, y me arremolinaba el cabello frente a la cara. Era un paisaje de película, un túnel de árboles que apenas dejaban ver el cielo. Iba sola, el parque estaba desierto, solo se oían algunos pajarillos, que aún no habían marchado del país. El invierno aguardaba, impaciente, con su blancura y frescor acechando al otoño para que le dejara paso. También se oía el crujir de mis botas, sobre el suelo repleto de hojas marrones, amarillas, naranjas y rojas. Los colores del otoño. Sin embargo, mi cabeza estaba aún en el verano, en el recuerdo de aquel maravilloso verano que había pasado junto a papá, y junto a él. La playa, esa playa la recordaría siempre, pues es el lugar donde nuestros labios se habían rozado por primera vez. Ese vívido recuerdo, hizo que una pequeña lágrima cayera por mi mejilla, pero no la sequé, no tenía intención de esconderla. Pues llorar por algo que amas no es malo, ni vergonzoso. Es una cosa preciosa, y naturalmente humana. Sabía que derramaría muchas lágrimas más, pues la separación seria dura, y larga. Un año. Un año en el que no nos veríamos, en el que cada uno se iría por su camino, pero estaba segura, de que nos volveríamos a ver. El verano próximo volvería a esa playa, y le besaría, y él me besaría. La separación no siempre es el olvido, y mucho menos, cuando lo que temes olvidar, es el amor de tu vida.

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